Más allá del invierno, el dulce ocaso de Isabel Allende


Para mí, Isabel Allende, siempre será Eva Luna, superviviente nata, luchadora, amante, aventurera y guerrillera ante todas las adversidades del mundo. Mi adolescencia, de una forma u otra estuvo marcada por sus historias -junto con las de Pepe Carvahlo y las que contaba Alberto Vázquez Figueroa en los confines del mundo, una curiosa mezcla, así he salido-. Eran historias de hielo y fuego, vitales, raciales, salidas de sus entrañas con una fuerza que me sobrecogía a cada página que pasaba. Sus personajes me llegaban al alma y sufría, comía, bebía, amaba y vivía con ellos.


Leí todos los libros de aquella época: La casa de los espíritus, De amor y de sombra, Eva luna, Cuentos de Eva luna, El plan infinito, Paula, Afrodita, Hija de la fortuna, Retrato en sepia y La ciudad de las bestias -por supuesto, en el instituto no decía nada de mis aventuras literarias, ya me miraban como un bicho raro, no quería avivar las brasas-. Recuerdo que los tres últimos comenzaron a cansarme, incluso a aburrirme, era como si Isabel hubiera cambiado de estilo y contase historias de otra forma, seguían siendo sinceras y me llegaban, pero eran muy pausadas y sin la fuerza de las anteriores. Ahora pienso que fue un cambio paulatino y vital como tenemos todos. Isabel maduraba como persona y se reflejaba en sus narraciones, nada más simple y natural. Durante diez años la abandoné y no quise saber nada de ella, hasta que publicó El juego de Ripper, una intriga policíaca con tintes de novela negra, todo un soplo de aire fresco dentro del género; para mí su mejor novela en mucho tiempo y ojalá vuelva a escribir sobre crímenes y asesinos. Me encantó. A continuación me compré el Cuaderno de Maya y, de nuevo, no me enganchó.

En más allá del invierno Isabel nos presenta una historia ambientada en Nueva York y en diferentes puntos de Sudamérica, en diferentes épocas y con unas realidades muy diversas también. La novela está contada desde la perspectiva de sus tres protagonistas, Richard, un profesor neoyorquino acomodado de turbio pasado, Lucía una licenciada chilena que ha sufrido en sus carnes la amargura de la dictadura de Pinochet, y Evelyn, una joven guatemalteca que huye del terror y la violencia de las maras para refugiarse en los Estados Unidos. Como os podéis imaginar, los últimos dos personajes están trazados con precisión milimétrica, no así el de Richard que resulta menos creíble. Las tres historias confluyen en la Gran Manzana y la narración gira en torno a la aparición de un cadáver, una excusa que se inventa Isabel para contarnos la vida, aventuras y desventuras de los protagonistas, sin más, podía haber sido cualquier otra y no hubiera pasado nada.

Pienso que es una novela escrita para la generación de Isabel, pausada, por momentos lenta,  con continuos saltos en el espacio y en el tiempo hacia adelante y hacia atrás. No creo, ojalá me equivoque, que enganche a los más jóvenes. Las historias de los personajes están muy bien narradas, nadie duda que Isabel escribe como los ángeles y, por momentos conserva la frescura de su juventud. A sus auténticos acólitos les encantará leerla. No obstante, la falta algo, es una novela edulcorada, liviana que carece de peso, de fuerza, no termina de arrancar del todo. Me da la impresión de que intenta hallar la cuadratura del círculo uniendo tres relatos independientes en torno a una trama desnaturalizada. 

Mi Isabel está en su ocaso,  per un ocaso dulce y bello, que merece la pena descubrir.

Nota final: *****

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