La forma del agua, una oda al amor, la fantasía y al cine



Para nuestro deleite, Guillermo del Toro lo ha vuelto a hacer, es un creador nato y como tal ha creado una maravilla del séptimo arte. La forma del agua te embriaga los sentidos y te toca la fibra desde el minuto cero. Una película de una bellísima factura y que cuida cada detalle, por más nimio que sea, como ocurre con las obras de arte más atemporales. Simple y compleja, bella y monstruosa; un oximoron continuo de principio a fin, que te embebe y te sumerge en la historia y en la piel de cada uno de sus personajes. Algo que, por otra parte, ya consiguió con el Laberinto del Fauno.

Si repasamos la filmografía del director mexicano, observamos que tiene una visión del cine cuando menos peculiar, va alternando películas de acción con otras más intimistas, pero siempre, para mí, con un denominador común: cuenta historias en la que la fantasía se mezcla con la realidad. Y eso lo hace con un talento superlativo, salvo alguna que otra pequeña cagada -véase Pacific Rim-.

La forma del agua, ante todo, es una historia de amor, de un amor imposible entre una chica muda y una especie de dios amazónico con forma de batracio humanoide. Dicho así echaría para atrás a más de uno, incluido a mí; pero estando Guillermo detrás de la cámara, la cosa cambia. Decidí que había que darle una oportunidad. Y no me decepcionó, al contrario, me cautivó desde el minuto cero. 

El guión de la película, a medias entre el propio director y Vanessa Taylor, es propio de un cuento de Adas contemporáneo: hay buenos buenísimos y malos malísimos, una princesa y un caballero, e incluso algún mago o hechicero. Eliza (una superlativa Sally Hawkins) es una empleada de la limpieza muda que trabaja en un laboratorio secreto del Gobierno -rapidamente empalizas con su personaje-. Su vida cambia por completo al descubrir a un ser mágico: un hombre-anfibio, un semidiós amazónico, de cualidades únicas que vive encerrado y es víctima de diversos experimentos, a cual más cruento y orquestados por un grupo de científicos a la cabeza del cual está el malo de la película Michael Shannon, -realmente te dan ganas de pulverizarlo durante toda la película-. Eliza empieza entonces a sentir simpatía por este extraño ser y tiene lugar una inusual conexión entre los dos. La limpiadora, por su soledad, hace amistad con la criatura, y se enamora. Pero el mundo real no es un lugar seguro para un hombre de estas características. 

La ambientación es simplemente fabulosa, en una ciudad americana de principios de los 60´s, en plena guerra fría de los Estados Unidos con la Unión Soviética, cuando la carrera militar y espacial está en su punto más álgido; con unos detalles que te embeben por completo y te sumergen en la fantasía del film de principio a fin. El vestuario y la banda sonora no desentonan en absoluto.

Los actores, superlativos, normalmente no me gusta demasiado poner retailas de nombres, pero en este caso lo merece y hago una excepción; la película está protagonizada por Sally Hawkins (Paddington, Godzilla), Doug Jones (Nunca digas su nombre, Ouija: El origen del mal), Michael Stuhlbarg (El caso Sloane, La llegada), Richard Jenkins (Kong: La Isla Calavera, Los Hollar) Michael Shannon (Animales nocturnos, Batman v Superman: El amanecer de la justicia) y Octavia Spencer (Figuras ocultas, La serie Divergente: Leal)

La dirección, magistral, realmente no se puede decir otra; cada plano es una auténtica obra de arte, no me cansaré de repetirlo. El ritmo es el adecuado, la duración también, ni le sobra ni le falta, y sobre todo el modo de contar la historia, mezclando la realidad más mundana, en ocasiones abyecta, con una magia que nos hace soñar con un mundo mejor y más justo -si leemos entre líneas, en La forma del agua hay un gran componente de crítica social, contra el racismo, la homofobia, la lucha de clases y ensalza a las minorías y a las personas diferentes-.

En definitiva, una película que me ha encantado de principio a fin, un trabajo redondo para ir al cine a disfrutar y emocionarse. Después de ir a verla tuve un pensamiento recurrente: quizás después de todo no estemos tan solos y haya más como nosotros.



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